Site Loader
internet de las cosas

EL ORIGEN DEL INTERNET DE LAS COSAS (IOT)

“Si tuviéramos ordenadores que supieran todo lo que tuvieran que saber sobre las “cosas”, mediante el uso de datos que ellos mismos pudieran recoger sin nuestra ayuda, nosotros podríamos monitorizar, contar y localizar todo a nuestro alrededor, de esta manera se reducirían increíblemente gastos, pérdidas y costes. Sabríamos cuándo reemplazar, reparar o recuperar lo que fuera, así como conocer si su funcionamiento estuviera siendo correcto. La internet de las cosas tiene el potencial para cambiar el mundo tal y como hizo la revolución digital hace unas décadas. Tal vez incluso hasta más”.

Con estas palabras perfiló en 2009 (aunque el término “Internet de las Cosas” lo acuñó por primera vez en 1999) Kevin Ashton, pionero británico de la tecnología, en un artículo para el diario RFID, una idea que ya desde finales de los años setenta venía siendo objeto de investigación: ¿De qué forma pueden objetos cuotidianos convertirse en fuentes de obtención de datos e información?

Aunque la noción de Internet de las Cosas nos pueda resultar como algo relativamente reciente (y, en efecto, el incremento en el interés por esta idea, y el desarrollo en su implementación, se ha venido produciendo de forma progresiva durante los últimos veinte años), podemos encontrar parte de su origen en ideas y tecnologías del siglo XIX, por ejemplo, en la invención del telégrafo eléctrico en 1832, y en los primeros experimentos de telemetría, a finales de siglo, consistiendo uno de ellos en la instalación de dispositivos de información meteorológica y de la profundidad de la nieve en el Mont Blanc, que se transmitía a Paris mediante enlaces de radio.

Ya en el siglo XX, en 1926, el famoso ingeniero eléctrico Nikola Tesla en una entrevista a la revista Collide realizó esta sorprendente predicción:

“Cuando lo inalámbrico esté perfectamente desarrollado, el planeta entero se convertirá en un gran cerebro, que de hecho ya lo es, con todas las cosas siendo partículas de un todo real y rítmico (…) y los instrumentos que usaremos para ellos serán increíblemente sencillos comparados con nuestros teléfonos actuales. Un hombre podrá llevar uno en su bolsillo”.

Unos años más tarde, en 1950, el científico Alan Turing ya planteaba la necesidad de dotar de inteligencia y capacidades de comunicación a los dispositivos sensores. En la década de los años 60 y 70 aparecieron los primeros protocolos de comunicaciones que definirían la base de lo que hoy es Internet, como la creación de la red de ordenadores “ARPANET” (1969) y la implementación de protocolos TCP/IP (1973) que describía cómo debían ser tratados los datos para proveer conectividad entre dos equipos conectados a una red.

No solo en el ámbito científico se ponía de manifiesto la idea de un mundo interconectado que nos facilitaría en el día a día, sino que, también, en el ámbito artístico hubo muchos creadores que, a lo largo del siglo XX, de una manera u otra, plantearon ideas que, si bien en aquel entonces, al igual que las predicciones de Tesla, fueron catalogadas de ciencia ficción, han terminado por acercarse de forma sorprendente a nuestra realidad actual. En 1950, el escritor norteamericano Ray Bradbury publicó el cuento “The World the Children Made”, también conocido como “La Pradera”, en el que se cuenta la historia de una familia que vive en una casa automatizada, llena de máquinas y dispositivos que les proporciona todo tipo de servicios, desde cocinar, vestirles, ayudarles a dormir… Incluso contiene una sala de realidad virtual que es capaz de conectarse telepáticamente para reproducir cualquier lugar que uno pueda imaginar. Este planteamiento no se diferencia demasiado de lo que hoy en día entendemos por una casa inteligente, casas a medida que se ajustan a las necesidades particulares de cada uno de sus inquilinos gracias a la telemedida y la domótica.

No obstante, y sin desmerecer estos antecedentes, para encontrar la primera aplicación del Internet de las Cosas tal y como lo entendemos hoy en día, debemos ir a finales de los años 70 y principios de los 80, concretamente, a una máquina expendedora de Coca-Cola situada en el departamento de ciencias de la computación de la Universidad de Carnegie Mellon, en Estados Unidos. Los ingenieros que trabajaban en el departamento querían saber, sin tener que acudir directamente a la máquina, si había refrescos y si estaban suficientemente fríos. Para ello, instalaron micro interruptores en las bandejas de la máquina expendedora para que se pudiera determinar el número de botellas en cada una de estas bandejas. Los micro interruptores fueron conectados de la red local del departamento hasta el servidor principal. También diseñaron un programa que informaba, gracias a los datos proporcionados por los micro interruptores instalados, además del número de botellas de la máquina, de la temperatura de las mismas. Al principio, la información que proporcionaba la máquina solo estaba disponible para aquellos dispositivos que se encontraban conectados al mismo servidor al que lo estaba la máquina expendedora. Más tarde, se logró que la información fuera accesible desde cualquier ordenador conectado dentro del campus y, eventualmente, la máquina se conectó a ARPANET, es decir, Internet, y la información que proporcionaba la máquina pudo ser accesible desde distintos puntos a lo largo de los Estados Unidos.

Ya a partir de los años 90, con el nacimiento y extensión de Internet a todos los ámbitos, y la consecuente llegada de la revolución digital, los avances en el desarrollo e implementación del Internet de las Cosas fueron creciendo a un ritmo más rápido. Así, en 1990 aparece la tostadora conectada de John Romkey, que permitía desde cualquier ordenador conectado a una determinada web controlar el apagado, encendido y tiempo de tostado. Con la popularización de las conexiones inalámbricas, en los años 2000, es cuando se produce el boom de los objetos conectados, y cada vez más fueron los dispositivos que era posible controlar de forma remota. En 2008 se produce el gran hito: se certifica que existen más dispositivos conectados que número de habitantes en el planeta.

A partir de este punto, hasta el día de hoy, no han parado de surgir numerosos ejemplos de Internet de las Cosas, desde coches automatizados, casas inteligentes, asistentes virtuales, implantes inalámbricos en pacientes, electrodomésticos inteligentes, relojes inteligentes, y hasta ciudades inteligentes, que gracias a la conexión a internet pueden ofrecer, desde una iluminación más eficaz a una mejora en la gestión de los semáforos y del tráfico. La historia del internet de las cosas sigue escribiéndose cada día, ya que este crece y evoluciona de forma conjunta a las nuevas redes inalámbricas, dispositivos electrónicos y otras tecnologías como la Big Data o la inteligencia artificial. Esta evolución constante debemos entenderla no solo como un aprendizaje continuo, sino también tanto a la hora de determinar cómo vamos a coexistir con ello.

Post Author: Alonso & Évole